“¡¿Comunidad?!” grité asombrado al escucharlo decir que todos formamos parte del mismo grupo. “¡Si no tenemos nada en común…!”.
El sentido de pertenencia a algún grupo, de originar nuestra propia identidad nos ha arrastrado a tiempos más difíciles, donde a gritos indagamos en redes sociales para encontrarnos a nosotros mismos a través de los demás, donde sometemos nuestra identidad a una pantalla y a la tecnología en general hasta no entender los límites de lo real y de lo irreal. Nos enajenamos enfrente de una pantalla para “acercarnos” a una comunidad virtual que en realidad no existe, que es un falso reflejo de la realidad, nos alejamos de nuestra humanidad para convertirnos en una cuenta electrónica.
¿Alguna vez han intentada pasar una semana sin utilizar una computadora? ¿un día sin celular? ¿comunicarte con tus amigos cara a cara? ¿percibir al mundo sin entenderlo tras una pantalla?.
Nos propusimos vivir una vida comunal, seis amigos y yo, durante un par de meses, donde no solo compartiríamos nuestra economía, nuestra comida y nuestro espacio; sino también nuestros sentimientos, experiencias, sueños y percepciones… fue difícil, habían horas en las que no nos poníamos de acuerdo por algo tan simple como lavar una taza, pero sobrevivimos y fue una de las experiencias más significativas de mi vida, nos alejamos de todo aquello que consideramos parte de un mundo de las ideas y nos acercamos a la realidad a través de nosotros mismos.
Vivir una vida comunal nos desata del racismo, de la intolerancia y, en especial, de esa impertinente razón tecnificada para romper paradigmas y presentarnos a nosotros mismos como en realidad somos con las personas con las que más confiamos… No es solo compartir, es romper las barreras de lo material y identificarnos de una manera más espiritual y, sobre todo, más humana.
Hoy en día nos hacemos llamar comunidades. La comunidad “bloggera”, “twittera” de facebook, religiosa, etc. Nos hacemos creer a nosotros mismos que formamos parte de algo grande conservando fervientemente nuestra propia individualidad y compartiendo prácticamente nada. Se los digo de manera convenida, y por experiencia personal, no existe peligro en confiar tu individualidad al conocimiento humano, es un error creer que el ser humano tiende al desorden por naturaleza, si seguimos manteniendo vivo los valores, principalmente de solidaridad, empatía y confianza, aportaremos al conocimiento humano lo que realmente es la esencia del ser humano.
Efusivamente creo en la pureza del ser humano, creo que la identidad real de pertenencia de basa en la convivencia real entre nosotros mismos, creo que la relación “yo-tu-eso” sólo se puede encontrar en las comunidades (claramente no virtuales) eliminando el prejuicio y abriendo nuestras almas.