Era diciembre, el frío comenzaba a aumentar en Israel y en los corazones de quienes nos despedimos del grupo de sudamericanos que regresaban a sus respectivos países. Fue una semana difícil; dentro del marco de un paseo educativo caminamos y acampamos en el desierto durante ocho días.
Llegamos a casa, a Holit, con el único deseo de bañarnos y descansar un rato, pero nuestra tranquilidad no duraría. En la puerta del kibutz se encontraba Darío, el encargado de nuestro grupo, con malas noticias: Durante nuestra ausencia un cohete kazzam había impactado dentro del kibutz y las medidas de seguridad tenían que reforzarse.
Caminamos hacia nuestro cuarto, cuando de repente sonó un fuerte ruido y una voz femenina repitiendo las palabras “tzeva adom” (código rojo). No pudimos hacer más que tirarnos al suelo o escondernos bajo cualquier techo, rezando por que el cohete no encontrara su camino cerca de nosotros. La explosión se escuchó a lo lejos, lo que indicaba que el peligro había terminado, pero nosotros seguimos escondidos… temblando de miedo.
Sé que no pasaron más de tres minutos, o quizás cuatro, antes de que se volviera a escuchar la alarma y me abrazara de los que estaban a mi alrededor, nos prometimos que íbamos a sobrevivir a ésto.
Decidimos ir al bunker grande al centro del kibutz para refugiarnos por un tiempo y sentirnos un poco más seguros. comenzamos a caminar a paso lento, cautelosos, como si en cualquier momento pudiésemos pisar una mina y volar en pedazos. Un “BUM” a lo lejos apresuró nuestro paso hasta que nos encontramos corriendo.
Fue entonces cuando me di cuenta que estaba a la mitad de una guerra.
A la mañana siguiente, después de haber sonado la alarma varias veces, nos llevaron en un camioncito al norte del país para refugiarnos de la operación Plomo Fundido, que se estaba llevando a cabo en Gaza, a sólo un kilómetro de nuestro hogar.
Los siguientes días pesaron como si cargáramos una bolsa llena de piedras en la espalda; sólo nos despegábamos del televisor para comer y en seguida regresar para ver la misma serie de imágenes que se repetían y denunciaban las atrocidades que sucedían en Gaza.
La guerra terminó, regresamos a casa y pronto a la televisión se le olvidó el tema para denunciar a cualquier otra cosa que sea llamativa al ojo de quién no sabe, pero ahí estaba yo; a tan solo unos kilómetros de una ciudad destruida y de un pueblo derrotado.
Tal vez la gente olvide lo que recuerdo, pero una imagen que nunca olvidaré es a Gerida, una mamá del kibutz, paseando a su bebé en una carriola mientras yo me ocultaba del bombardeo… ella no parecía preocupada, simplemente caminaba como si nada, acostumbrada y despreocupada de un inminente cohete acercándose. y el bebe… simplemente con su cara atañida dispuesta a descubrir el mundo tal y como es.
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