Nunca olvidaré mi mano deslizándose por tu cuerpo, apenas rozando cada rincón de tu piel; explotando sensaciones y glorificando sentimientos. Recuerdo el ritmo de tu corazón, palpitando una y otra vez al mismo tiempo que el mío, definiendo el amor y juntando nuestras almas.
“Te amo”, me dijiste suavemente al oído mientras sutilmente acariciaba tu pelo y cerraba mis ojos. Te pedí que te quedaras cerca, que no me soltaras, mientras tui cuerpo desnudo permanecía sobre el mío; y mis manos te rodeaban fuertemente cuando tus labios rodaban sobre mi.
Pasan unos minutos y duermes profundamente, mi mente me atormenta… -“mañana”… Siento una mezcla de momentos tristes y felices, y sonrío mientras una lagrima recorre mi nariz.
Te veo soñando, satisfecha, y me pregunto el origen de tu tranquilidad sabiendo que esta noche sería la última en la que respiraríamos al mismo ritmo.
Ahora abro los ojos y no estas junto a mi, mi almohada no tiene tu perfume, siento frio en mis brazos. Me pregunto si sin ti las cosas cambian o seguirán el camino que destina a juntarnos de nuevo.
Abro los ojos… me doy cuenta que nunca los tuve cerrados.
lunes, 21 de febrero de 2011
Lo que más duele
Puedes quemar mi corazón y destruirme por dentro, pero eso no me molesta. Puedes abrir todas mis cicatrices y bañarlas con limón y sal y el dolor no significaría nada. Hasta puedes pisar mi dignidad y enterrar mi nombre bajo tierra y aun así seguiría vivo.
Lo que más me duele es haber estado tan cerca y haberte perdido.
Puedes destruir todos mis ideales y cerrarme la boca, pero aun así pensaría en ti. Puedes engañarme, usarme y traicionarme, seguiría diciendo que eres perfecta. Puedes exiliarme de tu vida, pero seguiría pensando en ti.
Te sigo viendo, como todos los días y me imagino en un futuro contigo, pero mi visión es turbia. Ayer te quedaste entre mis venas y te siento dentro palpitando fuerte, debilitando mis sentidos… y te veo como todos los días.
Lo que más me duele es haber estado tan cerca y haberte perdido.
martes, 18 de enero de 2011
Carta a mi abuelo
Alguna vez un amigo me dijo que hay tres formas de trascender: tener hijos, plantar un árbol, y escribir. El regalo más preciado que puedo darte es este: permitirte sostener en tus manos un papel que hable de ti, solamente de ti, diciéndote que las raíces de la familia que plantaste son profundas, que su tronco es fuerte, que sus hojas son hermosas y que ha dado frutos; expresarte que has logrado trascender, y que te admiro. Siempre quise escribir como tu lo haces, con esa pasión y sentimientos que no se pueden encontrar en cualquier familia, sólo en la nuestra.
No solo me enorgullece portar tu nombre, sino portarlo como mi nombre en hebreo; tu nombre es el que me conecta con las tradiciones de la familia y con la historia de mi pueblo; aparte nunca me dejaste olvidarlo… siempre hablamos de la shomer, de tus tiempos en hanoar, de mi ajshara y de cualquier tema que me recuerde el rasgo más importante de mi identidad: que soy judío y soy un Soffer, y nuestro nombre nunca me permitirá olvidarlo.
Espero que cuando me veas, mires un espejo que te refleje en el pasado, que te encuentres en mi tal y como me encuentro en ti, que estés orgulloso de ser el que marca el camino a seguir, de ser el pilar de la familia, y, lo más importante, de ser una de esas personas que llegaron al mundo a cambiarlo y lograron mejorarlo. De ser el mejor abuelo que podría pedir.
Te quiere y admira mucho.
Tu nieto que logró derrotarte en ajedrez, pero que nunca podrá olvidar a quien le enseño.
Arturo ‘Ezra Moshé’ Shapiro Soffer.
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